Puntos Doctrinales

La fe cristiana de la Iglesia Cristiana Interdenominacional A. R. se sustenta, conforme a las Sagradas Escrituras, en los siguientes puntos doctrinales.

I. LA PERSONALIDAD DE DIOS
DIOS ES UN SER PERSONAL. Esto indica que posee los atributos propios de la personalidad; que tiene inteligencia, sentimientos y voluntad, cualidades que sólo corresponden a la persona. Por lo tanto Dios piensa, siente y quiere.
Sostenemos que Dios es Espíritu y que, en la unidad de la Deidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una misma sustancia, poder y eternidad. En consecuencia afirmamos que cada persona de la deidad por separado es Dios y Señor en forma completa y absoluta. Los tres son consubstanciales, coeternos y coiguales, por tanto, llamamos a Dios "Divina Trinidad" (Is. 55:8; Jn. 3:16; 1Ti. 2:3-4).
 
 

II. LA BIBLIA
Es la palabra de Dios, inspirada divinamente y por lo tanto la única regla de nuestra fe, y en ella debe ajustarse nuestra vida. Conocida también con el nombre de Santa Escritura, la Biblia es guía de salvación para el ser humano. Por medio de ella el hombre sabe que hay un Dios único y verdadero, y sabe cómo acercarse a Él y conocerle (Jn. 20:30-31; 2Ti. 3: 15-17; 2P. 1:21).
La versión oficial de la Biblia que usa la Iglesia Cristiana Interdenominacional A. R., es la conocida como Reina-Valera, revisión 1960.

III. CRISTO, EL SALVADOR DE LAS ALMAS
Entendemos la salvación como el estado de liberación espiritual y de gracia y perdón al que somos conducidos por el Dios único, cuando por medio de la fe en el Señor Jesucristo, somos aceptados en Él y hechos hijos de Dios.
El Señor Jesucristo nos salva del pecado, de la servidumbre del pecado y de las consecuencias del pecado. Lo único que necesita la persona para ser salva es arrepentimiento y fe en el Señor Jesucristo, porque escrito está: "Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en quien podamos ser salvos" (Hch. 4:12). De modo que nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, JESUCRISTO, EL HIJO DE DIOS (Mt. 1:21; Jn. 1:29; Ro. 6:23; 1Co. 3:11).



IV. LA SANTIFICACIÓN DEL CREYENTE
Bíblicamente, santo y santidad significan "separado” o "ser apartado" a fin de vivir para Dios y servirle. La verdadera santidad caracteriza los actos externos, pero más todavía el móvil o la intención del corazón.
Creemos en la santificación posicional que comienza desde que el ser humano cree en Cristo Jesús y es regenerado por el Espíritu Santo. Creemos también en la santificación progresiva porque el creyente debe seguir la santidad.
Santificador es el Espíritu que actúa en los creyentes, conduciéndolos a una vida de perfección en Cristo, hasta que la gracia de Dios brille en nosotros y la imagen de Cristo sea formada en nuestra vida (2 Co. 7:1; 1 P. 1:2, 15 -16).



V. EL BAUTISMO CON EL ESPIRITU SANTO
El bautismo con el Espíritu Santo es el acto del Señor Jesucristo por el cual los creyentes somos investidos con el poder desde lo alto cuando viene sobre nosotros el Espíritu Santo, llenándonos de su plenitud y concediéndonos la facultad de hablar en otras lenguas. Esto es una señal divinamente designada de que tal investidura se ha realizado.
Categóricamente afirmamos que el bautismo con el Espíritu Santo es una de las grandes realidades del cristianismo y es una promesa de Dios en el Antiguo Testamento que tiene su cumplimiento en el Nuevo Testamento (Lc. 11:13; Hch. 2:38)



VI. LA SANIDAD DIVINA
Creemos que el Señor Jesucristo es el sanador de nuestros cuerpos mortales cuando estamos enfermos: Nuestra fe cristiana en la sanidad divina se apoya en las promesas de Dios reveladas en la Biblia. Después de la caída, Dios le dio al hombre la promesa de un Redentor que vendría a librarlo del estado de ruina y miseria en que había quedado.
El Mesías venía a salvar al ser humano del pecado y de todas sus consecuencias, una de las cuales es la enfermedad. Por ello, en su muerte expiatoria el Mesías proveyó una doble sanidad para nosotros, tanto física como espiritual (Mt. 9:1-8; Lc.13:10-16; Hch. 10:37-38).



VII. LA SEGUNDA VENIDA DEL SEÑOR JESUCRISTO
La doctrina de la segunda venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. El Señor mismo prometió a sus discípulos que vendrá por segunda vez para llevar con Él a los suyos.
La segunda venida del Señor es una necesidad absoluta para que el plan de Dios llegue a su consumación, Ciertamente el momento de su venida nadie lo sabe, y se han hecho infinidad de conjeturas y cálculos al respecto. Pero de lo que sí estamos seguros es que Él vendrá otra vez y de que el tiempo de su venida se aproxima. Como no sabemos cuándo vendrá exactamente, debemos vivir en santidad preparados para este glorioso acontecimiento (Mt. 24:34-36; Jn. 14:2-3; He. 12:14).


VIII. LA RESURRECCIÓN E INMORTALIDAD DEL CREYENTE
Los creyentes tenemos un cuerpo mortal y corruptible, y tendremos que morir y ser presa de la corrupción en el sepulcro. La razón es que el postrer enemigo es la muerte, pero hasta en tanto esto tenga lugar y Cristo venga y nos lleve con Él, la muerte seguirá siendo parte de nuestra existencia.
La resurrección y la inmortalidad del creyente debe entenderse en relación con la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo y como un acontecimiento simultáneo con ella.
Todos los creyentes de todas las épocas que ya han muerto y los que vivan en la segunda venida, todos seremos transformados. Desde ese momento unos y otros seremos hechos inmortales y nunca más estaremos sujetos a la muerte, sino que por toda la eternidad tendremos un cuerpo glorificado e inmortal de acuerdo con la poderosa obra redentora de Cristo el Señor (1Co. 15:22-23; Fil. 1:21-23; 1Ts. 4:13-17).

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